La Caza (I)

31 de mayo, 2014 / Bikini Wax, Ciudad de México

El que camina tiene derecho al extravío, su espíritu se alimenta de él. Salvo que se encuentre en la taiga siberiana o en el desierto, sus pies lo llevarán a algún lugar. Podría dedicar la vida a recorrer el Theatrum Orbis Terrarum sin modificar su forma circular, sólo añadiendo sus propios peregrinajes y abriendo nuevas rutas, descubriendo y narrando. El navegante en cambio, necesita orientarse. Su destino depende de ello. Si no sabe dónde está, lo devora la corriente. Un auténtico navegante va haciendo de su alma una brújula. Desde el día en que conoce el mar su mente se ofusca. Sólo deseará la libertad del océano, aunque no siempre sabrá qué hacer con ella. Muchas veces temerá; otras, será feliz. La mayor parte del tiempo, sin embargo, querrá estar en otro lugar y ésa será su condena, pues poco después de anclar en el puerto, deseará zarpar de nuevo. Como el agua es lo que mejor conoce, aunque no la pueda dominar, sólo en el barco se sentirá seguro. El agua lo somete. Ha entregado su vida desde un principio.
— Aura Penélope Córdova, "Mareantes".

Oro, una fotografía que enmarca el tranquilo oleaje de la Laguna de Santamaría del Oro en Nayarit. En la parte superior se ve colgando el extremo de una soga y del lado derecho, casi hasta abajo, un brazo. No hay nada más. Ni rastro de tierra que contenga el agua, ni rostro del hombre que lanza su brazo al vacío, ni árbol que sostenga a la soga. Sobre la fotografía hay trazadas líneas que adivinan conexiones sinápticas, incluso el rastro de un movimiento aleatorio. La presencia humana se ve sobrecogida por el agua. Pareciera que la mano busca la soga sin conseguirlo pues la distancia se lo impide. Sin embargo la imagen es estática y al mismo tiempo móvil.

Oro es un pensamiento recurrente que navega por debajo de las olas, se mantiene a poca distancia de la superficie y permanece a esa altura. Sólo llegamos a ver esa escena, el agua, la mano, la soga y una posible ruta de lo que podría estar sucediendo detrás del telón. Punto de partida para comenzar una búsqueda sin tener certeza de lo que encontraremos.

 

Al emprender un viaje es útil tener un mapa y una brújula a la mano para que nos brinden puntos de apoyo, asideros, para navegar, incluso cuando el Norte haya desaparecido. El mapa propone direcciones, la brújula afirma constantemente una verdad.

El vacío impenetrable invierte su valor al momento de levar anclas. Alguien, sobre un mapa en blanco comienza a trazar la ruta. El hueco es importante porque enmarca el tránsito, lo contiene, y es ese espacio donde suceden todos los fenómenos del universo. Seguramente en algún punto de ese todo encontraremos lo que buscamos.

 

Al zarpar hemos vuelto la mirada hacia la tierra que lamenta nuestra partida sabiendo que tal vez no regresemos. Hemos dejado cuentas saldadas, puertas cerradas y corazones rotos pues antes de iniciar el viaje es imprescindible rendirse. Rendirse ante el mundo como lo conocíamos, saber que sólo era una construcción parcial del universo, un espejismo. Para encontrar aquello que buscamos debemos empezar desde 0. Dejemos de contar el tiempo y olvidémonos de él.

Con la partida escribimos el primer renglón que humildemente susurra al viento: ME RINDO. Me rindo e inicio el viaje.